Sexo y erotismo
Un líder desamorado

Napoleón y Josefina: una relación tóxica

Josefina Beauharnais y Napoleón Bonaparte, un amor lleno de mentiras.

Por Alberto Lettieri, especial para NOVA.

Napoleón Bonaparte conquistó casi toda Europa y hasta se autoproclamó como Emperador, rememorando los viejos tiempos de los Césares. También sometió a Egipto y fue casi imbatible en el terreno de batalla. Sin embargo, su vida afectiva y sexual muestra la contracara de ese personaje público tan exitoso.

Napoleón literalmente enloqueció de amor y de pasión por Josefina Beauharnais –nacida bajo el nombre de Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie en 1763, en la Isla Martinica-, famosa por su acumulación de amantes antes, durante y después de su extenso vínculo con el “Gran Corso”.

Bonaparte se casó con ella pocos meses después de conocerla, creyendo que conquistaría así su amor. Pero fue todo en vano. Tan fútil como la desesperación que le llevó a maltratarla físicamente y odiarla tanto como la había amado, cuando supo de sus amoríos mientras encaraba la conquista de Egipto.

Napoleón y Josefina se conocieron en 1795, cuando él era un joven militar en ascenso, y ella ya acumulaba un extenso currículum amatorio, algo que era bastante común desde los tiempos de Versalles, con la dinastía de los Borbones, donde la forma de hacer carrera –para los jóvenes de ambos sexos- generalmente transitaba por su capacidad de saltar de cama en cama.

Cuando se conocieron, Josefina recién salía de la prisión, ya que sus relaciones la habían llevado a verse vinculada con los defensores de la monarquía depuesta. Por entonces transitaba la década de los 30 años, con dos hijos de su primer matrimonio con el Vizconde Alejandro de Beauharnais, y hundida en la bancarrota. Napoleón era 6 años menor y quedó fulminado al conocerla.

Por entonces, Josefina necesitaba urgentemente un nuevo benefactor. Y Napoleón era una gran promesa militar, pero sin fortuna personal. Josefina no lo dudó y consiguió deslumbrarlo utilizando sus impactantes artes amatorias para alejarlo de Teresa Cabarrús, una española que lo había atraído previamente.

Josefina pensó que ese joven promisorio e inexperto sería su tabla de salvación, y que, con las relaciones que ella había cosechado durante su vida, podría catapultarlo al éxito. Le confesó una edad menor a la real y, una vez en sus manos, contrajeron matrimonio, un año después.

Allí comenzarían las desdichas de Bonaparte. Dos días después de la boda, fue enviado a Italia, con la misión de expulsar el poderosísimo ejército austríaco. Pero su fulgurante éxito militar se contrapondría con los sinsabores amorosos. A la distancia, Napoleón enviaba decenas de cartas a su amada distante, en las que insistentemente le confirmaba que su amor no dejaba de aumentar, y su desesperación por volver a estar con ella.

A modo de ejemplo, el 17 de julio de 1796 le escribía: “Desde que te he dejado he estado siempre triste. Mi felicidad consiste en vivir junto a ti. Sin cesar repaso en mi memoria tus besos, tus lágrimas, tus amables celos, y los encantos de la incomparable Josefina alimentan siempre una llama viva y ardiente en mi corazón y en mis sentidos. ¡Cuándo podré, libre de inquietudes y de negocios, pasar todos mis instantes en tu compañía!”.

Pero las respuestas tardaban en llegar. Eran escasas y poco tenían del tono apasionado y encendido de la pluma del joven corso. Es que Josefina dedicaba su tiempo a realizar la compra de joyas y ropa de alta confección en París y a calmar su ansiedad sexual en brazos ajenos.

Ante la falta de respuesta, Napoleón comenzó a recriminarle su desatención: “Tu silencio me abisma. Te lo ruego, no me dejes por más tiempo en semejante desasosiego.” Y cuando le pidió reiteradamente que fuera a su encuentro, ella se excusó alegando un falso embarazo para permanecer en la capital francesa con su amante.

Despechado por los rumores que recibía, comenzó a cambiar el tono de sus misivas. El 13 de noviembre de 1796 le escribió desde Milán: “Ya no te amo; al contrario, te detesto. Eres una ruin, una torpe, una ruda. No me escribes, no amas a tu marido. ¿Qué hace usted todo el día señorita? Josefina, tome usted sus precauciones. Una de estas hermosas noches se caerán las puertas y allí estaré”.

La cuestión se agravó cuando, estando Bonaparte en Egipto, se enteró de los turbios manejos de Josefina en el plano financiero. Su esposa, aprovechando el éxito y creciente poder de su marido, se había involucrado en negocios turbios con proveedores del ejército. Así empezaron a llegar botas con suelas de cartón y comida en mal estado.

Pero lo peor fue cuando sus oficiales le confirmaron sus sospechas de que Josefina tenía un amante. Despechado, comenzó con su propia colección de amantes. Para cuando Napoleón se autoproclamó como emperador, el 28 de mayo de 1804, la situación se había invertido totalmente. Josefina tomó conciencia de que, al no tener hijos con Bonaparte, su posición como Emperatriz estaba en riesgo. Y allí ella se convirtió en “un ser amedrentado, suplicante, destrozado, celoso… Intentó usar sus mal llamadas «armas femeninas» para retenerle. Habían cambiado los papeles. Por su parte, Napoleón pasó de tener a Josefina en un altar, a odiarla. Le cogió una manía horrorosa y no volvió a escribirle.”-comenta la historiadora Ángeles Caso.

A partir de entonces, la experta amante se encegueció. Comenzó a proclamar a los cuatro vientos que no habían tenido descendencia en común a causa de la impotencia de Napoleón y trató de ridiculizarlo cuanto pudo descalificando sus dotes amatorias. Pero no tuvo demasiado éxito con sus argumentos, ya que Bonaparte tuvo descendencia con varias de sus amantes. La relación entre ambos entró en un terreno enfermizo, ya que tanto Napoleón continuaba con sus suntuosos regalos, cuando le propinaba duras golpizas. El odio y el amor que sentía el corso al mismo tiempo convirtieron a la relación en extremadamente tóxica.

Finalmente, en diciembre de 1809, Bonaparte solicitó el divorcio tras 13 años de amor sin incondicional, utilizándose el argumento patriótico de que Francia precisaba que su Emperador tuviera descendencia. Poco después contrajo enlace con María Luisa de Habsburgo y comenzó a enviarle dinero para que Josefina no viese afectado su estilo de vida, retomando el vínculo epistolar.

Josefina falleció en 1814 y poco después Napoleón fue derrotado y marchó al exilio. Antes de morir, redactó las siguientes líneas: “Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba. Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho; era una verdadera mujer; tenía el culo más bonito del mundo, con sus tres islotes de la Martinica”.

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