Política
Adiós al ex presidente

Fernando de la Rúa, sin concesiones

Ni elogios desmedidos, ni críticas oportunistas. Sólo un simple e incompleto retrato de la vida de Fernando de la Rúa. (Dibujo: NOVA)

Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Fernando de la Rúa nació Córdoba en 1937, pero su trayectoria estelar se desarrolló en la Ciudad de Buenos Aires. Allí alcanzaría éxitos impensados y también su peor catástrofe. No se destacó por su originalidad: era un político de la vieja escuela, pre-peronista, conservador, institucionalista. Partidario de la aplicación de la ley a rajatabla, con dureza. Tuvo siempre al anti-peronismo como norte y se ubicó en la vereda de enfrente de los políticos populares. Previsible, formal, políticamente correcto. Un hombre al que su escasa elasticidad le impidió ser un líder de la democracia de masas. Un político de foro, al que la dura realidad de la calle le resultaba extraña.

Su hábitat natural era el del Derecho. Allí consiguió, tal vez, su mayor reconocimiento. Pero no consiguió escapar al influjo de la política. Y así llegó a Buenos Aires, de la mano de Arturo Illia para participar en un papel secundario de un gobierno que empezó mal y terminó mucho peor. Enrolado en el balbinismo, obtuvo su primer trofeo: ganar la banca de Senador en las elecciones de 1973 al peronismo que arrasaba en las urnas de todo el país. Poco después acompañó a Ricardo Balbín en la fórmula que enfrentó a Perón-Perón. Su camino al estrellato parecía asegurado, pero la vida, y la política, siempre tienen sus sorpresas.

Es que en el camino de De la Rúa se cruzó un huracán. Un radical carismático, popular, seductor. Un político de discurso cautivante que enloquecía a las mayorías. Un estadista. Nada menos que Raúl Alfonsín. Con la fuerza de un tifón Alfonsín se propuso transformar la obsoleta carcaza del radicalismo. Convocó a los jóvenes, levantó la bandera de los DDHH y se convirtió, sin mayores cuestionamientos, en el padre de la Democracia contemporánea de nuestro país.

De la Rúa debió observarlo en silencio, desde la oposición partidaria, desde ese balbinismo conservador y anti-popular que tan bien lo representaba. Pero la declinación económica, la deuda externa heredada, la hiperinflación y, finalmente, la derrota en la segunda prueba de renovación parlamentaria, causaron estragos en ese radicalismo popular. Alfonsín debió retirarse con seis meses de antelación, comprometiéndose a respaldar a Carlos Menem en la ingrata tarea de sacar al país de la catástrofe.

Alfonsín cumplió su compromiso de acompañar al peronismo en la dura tarea de recuperación de la Argentina del terrible abismo al que había conducido su gestión. No era el único responsable, por cierto. Pero tampoco había podido o sabido cómo evitarlo. De ese acuerdo entre líderes surgieron infinidad de leyes, devoluciones de gestos y hasta la supervivencia de una UCR unificada. Hasta que llegó el Pacto de Olivos, y con él, la autonomía de la CABA. La oportunidad tan esperada finalmente le llegaba a De la Rúa.

Después de un desempeño institucional bastante gris, y de haber asumido como propia la problemática de la tercera edad, se convirtió en el primer Jefe de Gobierno porteño. Después de todo, era un político a la medida de una ciudad conservadora, individualista, presuntuosa y reñida con el sentimiento nacional. Una ciudad gorila, esquiva para la mayoría, convirtió en su predilecto, aunque sin llegar a amarlo.

De la Rúa gestionó Buenos Aires, una Ciudad holgada, sin asfixias financieras -a diferencia del resto de las ciudades argentinas-, y su prestigio como administrador se incrementó sin demandarle esfuerzos sobrehumanos. El distanciamiento entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde dejó el resquicio, y allí la mano del destino –ese ordenador fabuloso que la ciencia y la razón insisten en negar- lo catapultó a la presidencia.

Eran tiempos difíciles. La situación internacional no ayudaba. Los precios relativos de los alimentos, tampoco. De la Rúa debió surfear en aguas peligrosas, soportando la presión de la deuda, del FMI, de una situación social que venía deteriorándose hace mucho. Debió afrontar el portazo de Chacho Álvarez, el recambio forzado de medio Gabinete, los condicionamientos del FMI, la declaración de guerra de un sector poderoso del sindicalismo. La exigencia impuesta por el FMI para renegociar créditos lo puso contra las cuerdas. No manejaba el arte de la política práctica, no sabía cómo construir gobernabilidad. Y el universo político no lo ayudaba demasiado. Algunos, dentro de su propio partido, esperaban en fila para pasarle factura. Otros tantos, de la oposición, auspiciaban un recambio anticipado.

Intentó resistir con las armas que supo construir. Convocó al padre de la convertibilidad, trató de acordar con el peronismo en el Senado la reforma laboral que el FMI le exigía. Allí surgió el affaire Banelco, las sospechas sobre sí, sobre su gestión y sobre varios senadores peronistas. Una sospecha que muchos sectores interesados tratan de mantener viva, aunque la Justicia haya determinado su falta de mérito después de un inacabable juicio que se extendió a lo largo de trece años.

Y ahí, en el tramo final, cuando el riesgo país se incrementaba de manera exponencial, las cuasi monedas desplazaban al peso y los reclamos sociales se volvían incontenibles. Ahí, cuando el corralito provocaba cacerolazos en las clases medias y la crisis los replicaba en los segmentos más bajos, cuando los saqueos expresaban una situación que tal vez haya sido fogoneada, pero sobre los cimientos de las necesidades y las carencias existentes. Ahí, cuando la ciudad que supo elevarlo pasó a pedir explícitamente su cabeza. Ahí, en ese preciso instante en el que se pone a prueba la estirpe del animal político, un De la Rúa deteriorado intelectualmente prefirió recurrir a su verdadera esencia, la del abogado institucionalista, y decretó el Estado de Sitio. El saldo: 38 vidas cobradas por esa elección y una huida en helicóptero que ha quedado instalada entre los principales íconos de la historia argentina.

A partir de entonces, este cordobés aporteñado fue presa del escarnio público. Y del de la mayoría de los que se le opusieron y de otros tantos que lo acompañaron o se beneficiaron con su gestión, y que ahora necesitaban demostrar la fe del converso.

Justo en ese punto, el del descrédito público, Fernando De la Rúa decidió jugar en el terreno que mejor conocía, el de la Justicia, para tratar de limpiar su honor, y asumió su propia defensa en el Juicio del affaire Banelco. Durante 13 años concurrió a cada una de las 3 o 4 audiencias semanales que le imponía el juicio oral y público. Y allí dio cátedra de su experticia. Sus interrogatorios a Chacho Álvarez, a Lilita Carrió y a Rodolfo Terragno fueron demoledores, y merecen quedar registrados en la Historia del Derecho.

Siempre en el terreno del Derecho, De la Rúa manifestó una impensada vocación por la docencia. “Recurso de Casación” fue un texto de lectura obligada. Nunca descuidó su titularidad en la Cátedra de Derecho Procesal Penal de la UCA, ni sus viajes semanales a Córdoba para desempeñarse como Adjunto en la Cátedra encabezada por Alfredo Vélez Mariconde y Claris Olmedo.

Fernando de la Rúa falleció en Buenos Aires el 9 de julio de 2019. Ni elogios desmedidos, ni críticas oportunistas. Sólo un simple e incompleto retrato.

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