Sexo y erotismo
El Mayo Francés de 1968

La persistencia de una sexualidad patriarcal a la sombra del paradigma del "amor libre"

  • "Último Tango en París", donde la protagonista se convierte en objeto sexual de un hombre maduro.
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  • "Belle de Jour" (Bella de Día) donde la protagonista encuentra plenitud sexual a través del ejercicio clandestino de la prostitución.
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  • Mayo Francés.
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Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Los sucesos del Mayo Francés de 1968 son presentados habitualmente como paradigma de una gran revolución cultural impulsada por un nuevo colectivo social: la juventud. En general se asocia este cambio con una profunda revolución en la sexualidad. Sin embargo, pese a que estos cambios existieron efectivamente, no necesariamente significaron una equiparación para las mujeres. Es decir, si bien hubo profundas transformaciones en las prácticas y costumbres sexuales, la supremacía del hombre no llegó a cuestionarse.

Si bien hubo una activísima participación de jóvenes de ambos sexos, el liderazgo correspondió a los hombres, que promovían una liberalización de las costumbres que no mellaba su tradicional privilegio. Según el historiador de la cultura Philippe Artiéres: “En Francia no hubo una liberación sexual en 1968, era una sociedad extremadamente machista, en la que se esperaba que las chicas prepararan los sándwiches mientras los chicos protestaban”.

Tradicionalmente, los paradigmas de la sexualidad habían sido esencialmente masculinos: Don Juan, Casanova, el Play Boy... Para las mujeres no existía un modelo similar, ya que la plenitud sexual era asociada con la prostitución o la disolución moral por la cultura occidental. Para ellas sólo cabía el amor romántico. Penélope tejiendo esperando paciente el retorno de su amado, mientras soportaba el acoso masculino a diestra y siniestra.

Para la escritora catalana Laura Feixas, el Mayo Francés convocó a liberarse de las cadenas de la represión sexual, pero esto habría canalizado en “mucho sexo pero poco erotismo”. Es decir, se habría generalizado el modelo sexual masculino precedente, promiscuo e intercambiable.

El ejemplo que se siguió en Mayo del 68 fue el masculino, el de la promiscuidad y lo intercambiable. De este modo, la sexualidad se convirtió en un fin en sí misma, despojada de su carga de amor romántico. Las relaciones humanas fueron desprovistas crecientemente de su matriz sentimental, por lo que la mujer pasó de desempeñar un rol pasivo a otro activo, sin perder su condición de objeto.

El derecho al uso de la píldora anticonceptiva y al aborto, consideradas como grandes avances en la disputa por la igualdad de derechos, en la práctica continuaban asignando la responsabilidad de un embarazo no deseado a las mujeres.

En cambio, no hay viso alguno de reivindicaciones en términos de satisfacción de las necesidades sexuales femeninas. De este modo, la mujer sexualmente deseable y activa, “revolucionada”, encuentra su representación más lograda en el cine vanguardista de la época, como por ejemplo Belle de Jour (Bella de Día) o El último tango en París. En el primer caso, la protagonista encuentra plenitud sexual a través del ejercicio clandestino de la prostitución. En el segundo, al convertirse en objeto sexual de un hombre maduro.

El Colectivo De Mujeres Por La Igualdad En La Cultura, originado en España, realiza una detallada descripción de la persistencia de la sexualidad patriarcal disimulado por la retórica y el espíritu de época revolucionarios: “Teníamos compañeros revolucionarios que nos tocaban el culo y nos manoseaban. Nosotras no queríamos esos manoseos, pero no protestábamos porque lo peor que se te podía llamar era puritana”.

“Teníamos amigos con los que nos acostábamos y al día siguiente rechazaban darnos un abrazo porque, tía, no te enamores. Y nosotras no teníamos intención de enamorarnos pero tampoco queríamos ser tratadas como un mero juguete erótico. Te podías tomar un café con un amigo y si no se despedía al irse, te enfadabas, sin embargo en la cama pasábamos por alto faltas de respeto mucho mayores. Y nos callábamos porque no podías correr el riesgo de que te llamaran mojigata. Teníamos compañeros de cama que nos acusaban de no estar liberadas (oh, era lo peor) si no accedíamos a determinadas prácticas o si no nos poníamos de acuerdo sobre la cantidad de gente que debía haber en la cama”.

La caracterización del Colectivo es detallada y demoledora: “Nos dejábamos llevar a encuentros sexuales no especialmente atractivos, cruzábamos la calle a ciegas con el primero que nos daba la mano. Y no era lo que deseábamos expresamente, pero no decíamos nada porque lo que molaba era acumular encuentros sexuales. Tu pareja podía ligar con otra delante de ti y tenía que parecerte bien porque eso era lo revolucionario. Ciertos sentimientos pertenecían a una retórica tradicional. Y tú no podías no seguir el decálogo de la buena revolucionaria y pasar por una burguesa. En la cama primaba el coito y nosotras queríamos, además, otras cosas, no sólo coito. Pero el pacto de poder en la cama estaba tremendamente desequilibrado. Transigíamos no fuera a enfadarse el muchacho, porque se seguía dando prioridad en las mujeres al éxito sentimental frente al profesional. Y seguíamos sin decir nada porque no podíamos arriesgarnos a quedarnos solas.”

Su conclusión es terminante: “En resumen, pasamos de una época en que las mujeres no debíamos desear tener sexo a otra en que las mujeres DEBÍAMOS desear tener sexo, pero ambos mandatos venían desde fuera, desde el patriarcado.”

De todos modos, pese a sus limitaciones y contradicciones, el espíritu del Mayo Francés imprimió un cambio sustancial en las prácticas y las costumbres sexuales de Occidente. Un cambio incompleto, sin dudas, pero que significó una etapa en el proceso de equiparación de derechos y prácticas de la sexualidad, a partir del cual –o en contra del cual- se elaborarían nuevas reivindicaciones y paradigmas en las sociedades contemporáneas.

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