Sexo y erotismo
Masturbación femenina

Ellas también miran videos porno: lo inmoral despierta los deseos más ocultos

Las mujeres rompieron con los temas tabú del sexo y mirar videos porno es uno de ellos.

La causa contra la pornografía ha sido una de las batallas más largas libradas durante la modernidad. Aparentemente, la moralina ha perdido de modo definitivo ante la posibilidad irrestricta (en la práctica) de acceder a cualquier contenido pornográfico.


Sin embargo, las voces que buscan la prohibición siguen funcionando y la tensión entre ambos polos no parece estar resuelta. Muchas de esas voces provienen del feminismo más radical. Activistas como Catharine McKinnono Andrea Dworkin se oponen y piden incluso leyes que la prohiban.

Su excusa es más política que moral: el porno encubriría la explotación de las mujeres, y que no solo puede lastimarlas físicamente sino también a su reputación (pero para eso, de manera circular, debe pensarse que el porno es inmoral: cincuenta años de industria controladísima por los Estados donde se desarrolla dicen lo contrario).

También está la mirada de quienes dicen que "la mujer es tratada como un objeto". Y resulta que en el sexo, en el momento de la actividad física pura y dura, todos nos "objetivamos". Alguna vez hemos narrado aquí que en cualquier video porno contemporáneo, el hombre queda reducido a sus genitales y de quien se ven las expresiones y la actividad "actoral", la representación más humana, es de la mujer. Lo que da por tierra con ese argumento, solo válido cuando se forzaba a las mujeres -en el período ilegal- a filmar estas cosas bajo coerción, intoxicación o chantaje.

Por supuesto que también hay feministas a favor de la pornografía (Camille Paglia, por poner un nombre muy conocido, aunque no el único). Pero lo que me interesa es pensar cuál es la relación entre la mujer y el porno hoy.

Se sabe -los números son reales- que la participación de las mujeres en el consumo de esta clase de entretenimiento ha crecido hasta convertirse en algunos territorios en el 50 por ciento del total de visionado (en algunos países escandinavos, por ejemplo) pero que, en ningún caso, desciende del 30 por ciento.

Es muchísimo y es creciente. También que este consumo crece cada vez más entre mujeres adultas (de más de 35 años especialmente) a diferencia del sector masculino, donde el porno ha sido históricamente un consumo de adolescentes y post adolescentes. Las mujeres se están dando más libertades.

También vimos aquí que la mayoría de las mujeres -las estadísticas 2018 de PornHub no mienten y son de las más precisas de la web- buscan en primer lugar "Lesbian", luego "Threesome" ("trios") y que las mujeres buscan además y en primer lugar que lo que vean contenga "Pussy Licking", sexo oral en genitales femeninos.

Bueno, no es tan sorprendente. Lo que es interesante es ver qué cambia respecto de los hombres y qué es lo que lleva a las mujeres a elegir qué ver. Qué les gusta y por qué.

Una respuesta posible tiene que ver también con el comportamiento masculino: las mujeres quieren ver el goce de otras mujeres con las que se puedan identificar. "Ah, yo también puedo", sería el punto por el cual eligen lo que desean ver.

La preferencia por lo lésbico no pasa porque las que miran este tipo de pornografía sean o tengan necesariamente deseos gay, sino porque desaparece -estamos especulando- la interferencia del hombre como sujeto del placer. Mujeres haciendo lo que les da gusto sin otro interés más que el goce propio y mutuo.

Las razones por las que un hombre puede preferir estas mismas imágenes son diametralmente opuestas: la necesidad de proyectarse en otro hombre que es deseado al extremo, tanto como para poder satisfacer al mismo tiempo a más de una mujer.

Quizás el lector se de cuenta, al elegir este ejemplo, para dónde vamos. El hombre busca un porno donde puede "proyectar" aquello que le falta. Es decir, la invención, lo imposible, la fantasía. Es por eso también que el porno industrial, construido desde sus inicios alrededor de las fantasías masculinas (aunque las mejores películas de los setenta como El diablo en Miss Jones, Detrás de la puerta verde, The opening of Misty Beethoven o Taboo tienen como punto de vista dominante el femenino, con sus deseos y frustraciones), tiene hoy tantos cuerpos femeninos irreales.

Por cierto, esto también ha generado una reacción y uno de los nichos que más crece es el que busca cuerpos reales. Lo que nos vuelve a traer al tema, porque esa reacción se condice perfectamente con la relación que tienen las mujeres con el entretenimiento XXX: la identificación con lo posible, no con lo imposible.

En ese sentido, ¿no carece de lógica, entonces, la lucha de cierto feminismo contra la pornografía? Porque lo que las estadísticas revelan es que las mujeres que, libremente, deciden consumir pornografía, lo hacen en busca de algo que está a su propio nivel. Se concentran, especialmente, en el placer femenino y en su independencia tanto de la relación de pareja -y todo lo que ello trae aparejado- como incluso de la obligación heterosexual vinculada al placer.

La imaginación en pos del placer es el leit-motiv que incrementa, gracias en gran medida a la privacidad y tranquilidad que provee el entretenimiento digital que permite mantener nuestras elecciones y fantasías más recónditas en privado, el consumo femenino del entretenimiento adulto.

También es cierto que hay otra clase de activistas que llevan la posibilidad del porno para mujeres a otra clase de radicalización: ausencia de hombres, genitalidad exclusivamente femenina, vínculo con discursos de otro tipo de radicalizaciones (ecologismo, veganismo, etcétera). Pero en general, tanto en este caso más extremo como en lo más industrial, existe una constante: no solo es la imagen del goce para la mujer, sino también el relato de lo erótico. Qué es ese goce, desde dónde se produce, gracias a qué emoción o estímulo, en qué -o por qué- ambiente aparece.

Todos estos elementos son clave y es por eso que el porno femenino y feminsta tiende a ser mucho más narrativo incluso con poco diálogo: requiere de que la cámara no solo registre lo genital sino cómo esa genitalidad aparece. En criollo: no que la ropa esté en el suelo sino cómo llega ahí. Y el suspenso, la erotización de la espera antes de los gestos que llevan al placer, el relato de besos y caricias otorgan sentido al placer.

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