Cómics e Historietas
Historia viva de la historieta latinoamericana

Una charla con Roberto Goiriz, prócer de la historieta paraguaya

Roberto Goiriz, compañero de aventuras durante muchos años de Robin Wood, el otro prócer de la historieta guaraní.

Por Ariel Avilez (*), especial para NOVA

El señor Roberto Goiriz es uno de los máximos representantes de la historieta paraguaya; también es uno de los tipos más amables, voluntariosos y bien predispuestos del medio, todo hay que decirlo. Director de la agencia “Goiriz Imagen & Cia.”, ha publicado y publica su obra (cómics, libros e ilustraciones) en Paraguay, Brasil, Argentina, España, Italia y Estados Unidos. Y hasta se ha hecho un tiempito para cyberdialogar con nosotros, contarnos acerca de su vida y obra, de la situación actual del cómic guaraní, y hasta de un poquito de política, que es el pan nuestro de cada día.

Arranquemos la charla haciendo un aporte para los historiadores del género, o al menos para Wikipedia ¿Nos cuenta cuándo y dónde nació?

— Nací en Asunción, en 1961. Mi primer recuerdo de infancia se remonta a los años iniciales de esa década, cuando mi familia vivía frente a la casa de una bruja. Fui el último de seis hermanos, tres mujeres y tres varones. El mimado de la familia pero también, quizá, el más libre, pues ya no había tiempo ni energías para ocuparse demasiado de mí.

Parece que los años sesenta fueron entretenidos para el mundo, que se encontraba muy ocupado con la guerra fría, por un lado, y con la contracultura, por otro. Mi país padecía una larga sombra, proyectada por la dictadura de Alfredo Stroessner. Como tal vez se imaginen, el contexto no era el más propicio para el desarrollo de la imaginación. Y sin embargo, por contraste con ese pesado ambiente, yo encontré en mi hogar y en mi vecindario, que era todo mi mundo, motivos suficientes para soñar y vivir una infancia plena.

¿De qué modo comenzó a acercarse al dibujo y a la historieta?

— En esos años en que el único televisor de la cuadra la tenía un vecino de buen pasar y el único canal solo transmitía algunas pocas horas al día, existían las revistas; de diversos tipos. Las había de chismes, de tareas para el hogar, de fútbol... pero las que me llamaban la atención eran las revistas de historietas. Eran unas auténticas maravillas, una puerta de entrada a mundos desconocidos. Podía caminar en el desierto junto al errante Nippur o trasladarme velozmente por el espacio, acompañando a Flash Gordon. Perderme en el castillo que habitaba el Príncipe Valiente o luchar contra un gorila, ayudando a Tarzán.

Y esos dibujos... ¿Cómo se hacían aquellos trazos tan cautivantes? ¿Eran el producto de los hechizos de algún mago, como los que aparecían en los cómics? A la curiosidad siguió el experimento: en mi cuaderno de escuela copié trabajosamente uno de ellos y, para mi sorpresa, no salió tan mal. Le mostré el resultado a un compañerito, pero él no creyó que yo lo hubiese hecho. Y fue así como descubrí dos cosas: que quizá sabía dibujar, pero que eso no era suficiente.

¿Qué artistas considera sus influencias? ¿Quiénes fueron sus maestros?

— Se adivinará por la respuesta anterior, supongo, que admiraba a Harold Foster, a Alex Raymond, a Lucho Olivera, Robin Wood, Ricardo Villagrán y a muchos, muchos otros. No sabía ni quiénes eran, ni siquiera sus nombres, los fui conociendo después. Pero me parece que la decisión de seguir dibujando, escribiendo, creando en suma, se la debo a ellos. Aprendí a mirar el mundo desde esos cuadritos que eran ventanas por las que asomaban universos enteros, a disposición de quien asumiera el desafío de recorrerlos.

Ignoro si en mi trabajo se notan esas y otras influencias. Desearía que sí, porque me reconozco deudor de todos esos gigantes.

¿Tiene Ud formación académica en lo relativo a las artes plásticas o es autodidacta?

— Mi padre era un talentoso fotógrafo, pero tenía un defecto imperdonable para la época: era opositor al gobierno. Era liberal, cuando los liberales aún asumían la responsabilidad y la dignidad de resistir a la dictadura. Y eso tenía una consecuencia directa para la economía familiar. Por lo tanto, no, nunca pude estudiar nada. ¿A eso le dicen autodidacta? Porque yo aprendí tanto con los maestros, que me enseñaban sin hablar, desde las páginas de esas viejas publicaciones...

Hemos leído que “Quimera” es la primera revista de historietas de Paraguay y que tiene Ud. mucho que ver con su creación. Cuéntenos acerca de esa experiencia, por favor.

— En Paraguay se habían publicado historietas en revistas de contenido didáctico, en un contexto diferente y con otros propósitos. Pensamos, con la inocencia y la vanidad de la juventud, que era el momento de irrumpir con una revista totalmente dedicada al cómic. Éramos tres dibujantes pero estábamos cuatro, como los mosqueteros. Fue un caso interesante porque ni siquiera teníamos dinero para pagar la impresión. Pero aparentemente nuestro entusiasmo era contagioso y una imprenta nos dio crédito. Una distribuidora aceptó encargarse de repartir los materiales e inclusive nos pagó un aviso en el periódico, imagínense. En fin, se imprimieron 1.000 ejemplares y se vendieron más de 700, afortunadamente, pues con eso se pudieron pagar los gastos.

Quimera contenía cuatro historietas, "Lino Meza", de Juan Moreno, trataba sobre las historias de terror de nuestro folklore; "Avaré", de Carlos Argüello, un shamán guaraní en épocas de la conquista española; "Galaktos", un cómic de ciencia ficción que me tocó desarrollar; y una sátira de Nippur guionada por Colmán Gutiérrez y dibujada por Argüello. Luego de esa experiencia, y desaprovechando la buena recepción inicial, nos separamos y cada uno siguió su camino. ¿Por qué? No había una razón, simplemente éramos demasiado jóvenes.

¿En qué circunstancias conoció a sus otros compañeros de "Quimera"?

— Conocí a Carlos Argüello cuando trabajé en el diario La Tribuna; él ya estaba allí y descubrimos que ambos hacíamos cómics. Y me dijo que había otro loco más, como nosotros, que lo hacía. Era todo un hallazgo, creía que estaba solo en el mundo y de pronto habían tres historietistas, o por lo menos gente que intentaba serlo. Cuando surgió el proyecto de "Quimera" nos juntamos en un estudio, una pequeña oficina, la más barata que pudimos encontrar. Hay que recordar que en aquella época no existía Internet y lo más avanzado en comunicaciones era el teléfono de cable (que no teníamos). Hubo una entrevista en el diario “Última Hora” para conocer más del tema; ¿y quién hizo la entrevista? Pues, Andrés Colmán Gutiérrez, que se interesó en el tema. Y así, por designio de los hados del cómic, quedó conformado el trío-cuarteto de la historieta paraguaya.

El primer número fue una producción conjunta, luego nos separamos, y Argüello publicó dos números más, aunque los lectores, lamentablemente, ya no respondieron de igual forma.

¿Cuál fue la huella dejada por "Quimera" en el mundo de la historieta paraguaya? ¿Tuvo inmediatos sucesores?

— En términos de otra revista, creería que la sucesora fue “El Raudal”, aunque era muy distinta. “Quimera” proponía la aventura, con héroes y villanos al modo de los cómics tradicionales, y “El Raudal” presentaba una mirada crítica y satírica a la realidad paraguaya. Era un espacio de experimentación pero también un lugar en el que muchas personas que trabajaban en medios elegían publicar, porque no había censura. Y por ese motivo se vendía de mano en mano, ya que exponerse mucho públicamente con ese tipo de material era riesgoso. Imprimíamos entre 300 y 500 números, y se agotaban enseguida.

Andrés Colmán tiene una teoría al respecto: dice que desde ese momento se marcaron claramente dos estilos diferentes en el cómic guaraní, referenciados principalmente por Argüello, por un lado, y por Nico, Moreno y un servidor, por otro.

¿Cómo es hoy ser historietista en Paraguay? ¿Cuál es el panorama de la historieta en su país?

— Ser historietista en Paraguay es como ser un fantasma: no creen en nosotros, pero todos nos han visto alguna vez. Inventamos la realidad en cada trazo, creamos un mercado que no está, tenemos seguidores inverosímiles. Nuestra existencia se da a contramano de las condiciones negativas que imperan, y hoy un lector desprevenido se puede topar, casi en cualquier librería, con ejemplares de historietas locales, de diferentes autores. Algunas obras incluso se reeditan y surge un cauto optimismo con respecto al futuro. A mí, lo que me pone contento es que ya no me siento tan solo como antes. Los mosqueteros somos más, hoy.

Haciendo una pasada rápida, con el riesgo de olvidar a alguien a quien desde ya pido disculpas, podríamos hablar de una revista, como “El Bachenauta”, impulsada por Nico Espinosa, que ya va por su noveno número; de otra llamada “Coquitoman”, un superhéroe paraguayo en clave de humor, cuya autoría comparten Vidal González y Leda Sostoa. Se puede hablar de colecciones de diferentes temas, por ejemplo, la historia paraguaya con las series de "Paraguay Retã Rekove", que hago en conjunto con el historiador Jorge Rubiani y otros creadores; "Epopeya", con la misma temática; o la adaptación de obras de escritores célebres del país, a cargo del escritor Javier Viveros y varios dibujantes; la vida en cómic de personas ilustres, dirigida por Andrés Colmán Gutiérrez; de miniseries de fantasía y medioevo como “Caos Quest”, de Norma Flores Allende y Vania Boidanich; del grupo Mugen y sus mangas; de nuevos autores que se autoeditan y van buscando su espacio... y hay más...

¿En qué publicaciones de Paraguay y del resto del mundo ha trabajado?

— Bueno, yo trabajé en medios escritos desde los 16 años, en 1977, y empecé poco después a publicar algunas cositas de humor gráfico en el diario “ABC Color”, además de las ilustraciones para el suplemento escolar. Luego, en 1979 me contrató el diario “La Tribuna”, que había organizado un Concurso Nacional de Humor Gráfico en el que gané el segundo puesto, y allí publiqué ilustraciones, humor gráfico y alguna que otra página de cómic. En 1980 creamos “Quimera” y sucedió lo que ya relaté. Posteriormente, obviando otros trabajos que tuve en el campo publicitario, pasé al diario “Última Hora”, en 1983, donde tuve un espacio de humor y creé a "Jopo", quizá el personaje al que más cariño le tengo. En el 86 viajé a São Paulo, Brasil, donde trabajé con dos editoriales; para la Press, un proyecto independiente liderado por Franco de Rosa, creaba mis propios cómics de terror, ciencia ficción, aventuras o erotismo; para la Abril, colaboraba con el estudio de Ely Barbosa, que publicaba sus personajes en esa casa editorial, con cinco revistas mensuales; yo me encargaba, sobre todo, del personaje "O Gordo", para el que dibujaba y luego escribía guiones. Fue mi momento de mayor producción, llegaba a dibujar unas 70 páginas por mes, una cantidad absurda si la comparo con mi modesta producción actual.

En 1989 volví definitivamente al Paraguay, con renovada esperanza y el viento del cambio a favor, ya que el dictador había sido derrocado; una esperanza que después fui perdiendo, pero bueno, esa es otra historia. Me reincorporé a mis actividades habituales, que incluyeron al cómic en un segundo plano, ya que me dediqué de lleno a la publicidad. De esa época, rescato los álbumes que hicimos en conjunto con la editorial El Lector, que fueron varios e incluyeron nuevas ediciones de “El Raudal”. Ah, ¿no les hablé de “El Raudal”? Error mío. Veamos. En 1984, en plena vigencia del régimen stronista, con Nico y Moreno creamos esa pequeña publicación de tipo underground, que llegaría a tener dimensiones legendarias posteriormente. En ella, publicábamos dibujantes, escritores y creadores de diferentes ámbitos, escapando a la censura y autocensura de la época.

Con el inicio del tercer milenio comencé a dedicarle más tiempo a la historieta. Me reinserté en el circuito internacional, comenzando a dibujar para escritores y pequeñas editoriales en Estados Unidos; de esos primeros años podría rescatar a "Bzzz Bee Café" con Skip McRobert; "Purge: black, red, and deadly" con L. C. Morris Richmond; "The dark disciples of Lei Gung" y "The Apothecary" con John Johnston y Johnny Atomic; "The Cure" con Eric Lebow;cómics de tinte romántico para Arrow Publishing; algunas portadas para "Ghostbusters" y "Borderlands", de IDW...

Un capítulo especial es el de mis años de colaboración con Robin Wood, uno de los héroes de mi infancia; él volvió a Paraguay con la intención de quedarse por un tiempo, y terminó instalándose y creando una base de producción de historietas para Italia. Descubrió mis dibujos en una muestra y poco después me propuso trabajar juntos en "Isabella, historia de un fantasma". La serie era una iniciativa de la organización Transparencia Internacional, y el objetivo era contribuir a la concienciación sobre el tema de la corrupción. Se publicaba en varios diarios locales, con una frecuencia semanal. A partir de allí quedó consolidada una relación de trabajo y de amistad que produjo otras series, como "Warrior-M", una historieta de ciencia ficción; e "Hiras, hijo de Nippur", iniciada por Rubén Meriggi y continuada por mí. Ambas se publicaban en revistas de la editorial Aurea, en Italia.

Por último, desde 2010, tomé la decisión de intentar contar nuestras propias vivencias, las historias y los mitos de mi país, y no esperar a que nos las cuenten desde afuera. Valorizar nuestras voces, con nuestra forma de narrar. Y comencé una serie que incluye a "Paraguay Retã Rekove", "7 Mitos guaraníes", "Trompo Arasa", etc. Y sigo en ese tren, que no sé adónde podrá llevarme.

¿Cuál considera al día de hoy su obra más importante?

— No sé si pondría la palabra "importante" al lado de una obra mía. Pero sí podría hablar del cariño que le tengo a uno de mis personajes, que es "Jopo". Es una creación algo rara, una figura antropomórfica que se mueve en un universo de pirámides y cocoteros, que tiene como amigo a una pelota con antena, y como coprotagonistas a vendedores de baches y alienígenas que se estrellan contra la tierra. Cada tanto me recuerda que aún existe y que debo dibujarlo.

Por otra parte, si hablamos de impacto, reconozco que el del “Trompo Arasa” fue algo masivo; lo creé para un concurso y fue elegido como personaje oficial del Bicentenario de la Independencia de Paraguay. Lo he visto en todas partes, desde un logo de un club de fútbol, hasta dibujado en los pizarrones de las escuelas más recónditas del país. Es que en 2011 tuvo una difusión enorme, en conjunto con todas las actividades que se hacían para celebrar el acontecimiento.

En Argentina comenzamos a conocerlo a partir de sus colaboraciones con Robin Wood, sin embargo, hemos leído muy poco de ellas ¿Podría hablarnos un poquito más acerca de ese período?

— A lo que ya dije, podría añadir que "Isabella" es una recreación de una historia familiar de Robin: las protagonistas son su hija Tata y una de sus amigas, que había quedado paralítica en un accidente; ambas, idealizadas y transportadas desde Dinamarca al ambiente paraguayo. Tata es una estudiante dedicada a la que le aparece una amiga no tan imaginaria, Isabella, que es un fantasma muy curioso y preguntón, que consulta todo lo que ve a Tata, y ella intenta responder. Con esa excusa, distintos problemas de corrupción eran abordados desde una perspectiva fresca, con la idea de aprender juntos a comportarnos mejor.

"Warrior-M" es un ex soldado, desencantado de la vida, alcohólico, violento e irónico; cuyas aventuras se sitúan en el futuro cercano. Lo conocemos mientras trabaja como guardia de seguridad en una de las pocas ciudades sobrevivientes de un holocausto, y a partir de allí vive sus aventuras, siempre cerca de un cigarrillo y de un buen vaso de whisky. Sus decepciones no le impiden valorar la amistad y luchar por lo que considera justo.

En cuanto a "Hiras", creo que usted lo conoce mucho mejor que yo; es el hijo de Nippur de Lagash y Karien la Roja. Detesta a las personas y ama a los animales. Vive con los lobos pero se ve obligado a compartir aventuras con los humanos, con los duendes y con los vampiros. No come carne ni bebe alcohol. Sus flechas y parte de sus armas son de oro. En el camino encuentra a Crixo, un elfo que termina siendo su único amigo.

Tras suceder a Meriggi al frente de la parte gráfica de "Hiras", a Ud. lo sucede Mulko ¿Por qué abandonó la serie? ¿Nos cuenta acerca de las especiales circunstancias que lo llevaron a dibujar el episodio o la saga final?

— Trabajé más un poco más de diez años con Robin... y quería diversificarme un poco más. Aurea, la editorial para la que producía, solicitaba un mínimo de páginas por mes. La cosa se empezó a poner un poco tensa porque yo no llegaba a la cuota, y preferí aceptar la situación reconociendo que ya no podía con eso, y abandonar la serie. Por suerte, Mulko estaba disponible y tomó la posta.

Quizá haya sido una siniestra broma del destino, pero “Hiras” tuvo que sufrir otra desgracia, cuando Mulko falleció. A la tristeza de su partida, se agregó el hecho de que la saga en la que estaba trabajando estaba incompleta; fue Robin quien me pidió que la finalizara, eran apenas diez páginas. Y lo hice con gusto, por supuesto. Ya sabíamos que la editorial estaba incómoda y fastidiada y acabaría con la serie, así que en el cuadrito final le dediqué el cómic a Mulko, y firmé con el nombre de todos: Robin, yo y Pablo Lizalde, el colorista de la serie.

Aparte de las ya mencionadas obras, ha tenido mucha repercusión su novela gráfica histórica -también con Robin- '1811' ¿Nos habla acerca de la gestación y la concreción de este proyecto?

— Un poco antes del Bicentenario, pensé que la historieta no debería estar ausente en esa celebración; me pareció que la historia podía ser contada de esa forma, como una aventura en cómic que contribuyera a su conocimiento y difusión. Le pedí a Robin que me ayudara con el guión, a Jorge Rubiani con el asesoramiento histórico y a Edgar Arce con los colores. Con el equipo armado, presenté el proyecto a la Comisión Nacional, que lo aprobó; y tuvo mucha difusión, pues se distribuyeron más de 70 mil ejemplares, en distintas ediciones, incluyendo una que hizo el diario ABC Color.

La historia privilegia el protagonismo de dos personajes contrapuestos, el Dr. Francia y Fulgencio Yegros: el hombre frío y planificador pero apasionado patriota, un estratega consumado; y el militar valiente y entusiasta, siempre dispuesto al combate, en el contexto de las tensiones previas y el proceso que finalmente llevó a la independencia del Paraguay.

¿Haciendo qué géneros se encuentra más a gusto?

— Es difícil decirlo... cuando joven me gustaba más la ciencia ficción, ahora prefiero las historietas que toquen algún tema histórico. Pero eso tiene que ver, creo, con momentos en la vida de uno. En cualquier momento puedo cambiar de opinión...

¿Se siente más cómodo laburando sobre guiones propios o ajenos?

— Ambas formas son válidas para mí. Con algunos escritores me siento muy a gusto, aunque en el futuro es posible que opte por darle más espacio a mis guiones; sucede que mi forma favorita de trabajo es el caos: voy dibujando algo y la historia surge como una comedia, por ejemplo, cuando repentinamente algo cambia y me veo obligado a darle un tono más sombrío o a dibujar con estilo humorístico una tragedia o qué se yo. Los escritores que aún me soportan son los que aceptan que les cambie los textos, que elimine cuadros o que los agregue... Robin Wood, por ejemplo, aceptaba que yo intervenga en los guiones; así también, a veces me llamaba para sugerirme cambios en los dibujos, algo con lo que siempre estuve de acuerdo.

Ud. no es una persona que calla sus ideas políticas ni su compromiso social ¿De qué modo influye esto en sus historietas, si es que lo hace?

— No me gusta la política, no quisiera meterme en eso pero la política se mete conmigo y con mi familia y con la sociedad así que me siento obligado a expresar mis ideas y a tratar de aportar algo para que las cosas cambien para bien. Considero que existen dos graves problemas, entre otros, que la humanidad debe enfrentar en forma urgente. La desigualdad extrema y creciente, con muy pocos que tienen demasiado y muchos, miles de millones de personas, que son gradualmente excluidos de este sistema perverso en el que vivimos, que termina por arrojarlos a la desesperación y la muerte. El otro problema es el ambiental. Estamos sobrepasados en todo, ya no hay más planeta que explotar, pero el capitalismo exige un lucro infinito en un espacio limitado. Me temo que la inercia suicida que nos empuja al abismo es demasiado grande, pero no tenemos otra alternativa que tratar de lidiar con eso. ¿Cómo podría callarme y no hacer nada?

¿Y de qué modo -si es que lo hace- vuelca su descontento o sus propuestas superadoras en sus creaciones?

— Y acá es donde uno no quiere hablar demasiado... pero bueno... Desde joven me acostumbré a tener dos horarios de trabajo, el diurno y el nocturno. En el diurno, producía como un buen trabajador, todo lo que me pedían los medios o las agencias de publicidad. Y en el nocturno, creaba gratuitamente diseños, ilustraciones o lo que fuera para organizaciones de todo tipo. Continúo haciéndolo hasta hoy, aunque eso también ha tenido un costo para mí, en términos comerciales, ya que he perdido clientes por mis posturas políticas. En cuanto a la creación de cómics para ese cometido, siempre creí que el humor gráfico era más adecuado, por su inmediatez y capacidad de reproducción ("viralización", creo que le dicen ahora), y es lo que usé y uso en situaciones determinadas, como en el golpe de Estado a Lugo, en 2012. Las formas de resistencia son muy variadas, recuerdo que en ese momento hice también la letra de una canción, "De golpe", que se convirtió en la música de fondo de la ciudadanía que se expresaba contra el quiebre del estado de derecho.

Más allá de eso, he trabajado profesionalmente en campañas políticas, en la estrategia y el desarrollo creativo de piezas de comunicación. Ya llevo como catorce hechas, y pude contribuir a lo que en su momento se percibió como un cambio positivo. Un intendente, un vicepresidente, un gobernador, senadores, diputados, concejales, entre otros; fueron el producto de esas campañas que he integrado. No siempre he estado feliz con el resultado de sus gestiones... pero la esperanza se renueva. Hay que seguir creando y creyendo.

¿Qué proyectos tiene en carpeta?

— Actualmente me encuentro coordinando un proyecto llamado "El Cabichui perdido"; se trata de un homenaje en forma de textos, ilustraciones e historietas a un periódico satírico paraguayo, surgido en el marco de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza. Ese periódico, íntegramente producido por soldados en el frente de batalla, se constituyó como un hito para la prensa, la propaganda, la ilustración y el humor gráfico en Paraguay. Además de los autores locales, cuenta con invitados regionales, como Rodolfo Santullo, de Uruguay, y César Carrizo, de Argentina.

También sigo con la saga de "Paraguay Retã rekove", que se acerca a su final.

Si no fuera Ud. dibujante ¿cuál imagina que sería su actividad?

— En realidad no tengo que imaginarlo, ya que mi actividad habitual integra a la publicidad, al diseño, a la enseñanza, entre otras cosas. Pero bueno, yendo al extremo de la pregunta, recuerdo que en mi infancia deseaba ser futbolista. Algo que hoy he sublimado en mi amor al fútbol y a mi querido Cerro Porteño, el club del pueblo.

(*) Redactor especializado en cómics.

Algunas de las grandes producciones del dibujante paraguayo Roberto Goiriz.
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