La historia viviente
Capítulo III

Malvinas, la herida que no cierra: un casco argentino, un casco inglés y dos historias muy diferentes

  • Finalizada la guerra, un soldado ingles sostiene un casco M1 argentino.
    Foto 1 de 3
  • "Beto" Altieri jamás imaginó reencontrarse con el casco que le salvó la vida. No fue en un gesto de nobleza postguerra, debió comprarlo en una subasta por Internet.
    Foto 2 de 3
  • Diego Arreseigor era teniente en Malvinas. Quedó prisionero y tuvo que levantar las minas de los campos. Allí halló el casco de un inglés. 37 años después, se lo devolvió a la hermana del inglés caído.
    Foto 3 de 3

Por Agustín Mauad de la Redacción de NOVA

Suele ocurrir, cada vez que finaliza una guerra, que los soldados sobrevivientes busquen hacerse de algún trofeo. Un trofeo del enemigo. La sangre derramada de los compañeros caídos aún está tibia. Todavía retumban los ecos de los relámpagos de las bayonetas que, horas atrás, iluminaban el cielo de Malvinas. El odio y la enemistad se mantienen a flor de piel.

Lastimosamente, el ejército ganador ha de imponer -y exhibir- su supremacía, procediendo al desguace del que tiene en frente. Nuestros héroes de Malvinas sufrieron esa deshonra. Sin embargo, como también suele ocurrir, la picardía argentina irrumpió en ese escenario de angustiosa tristeza en donde el frío se sentía más que siempre: varios objetos pertenecientes a soldados británicos cruzaron el océano y llegaron al continente, a pesar de la derrota.

Más de 30 años después, con mucha agua debajo del puente, la gran mayoría de los excombatientes entiende que la guerra no es solución. De un lado y del otro. A pesar de su inocultable patriotismo, comprenden que no hacía falta derramar sangre para resolver un conflicto político que -como en todos los casos de la historia- los excede por competo. Desde ese posicionamiento, con una impronta más humanitaria, han sido varios los acercamientos entre argentinos e ingleses. Y los protagonistas principales fueron sus cascos, aunque con historias muy diferentes

El casco de “Beto”

Tras finalizar el servicio militar en el Regimiento Nº 7 de La Plata, Jorge Alberto Altieri regresó a su casa en la localidad bonaerense de Lanús para continuar con su vida cotidiana. El 4 de marzo de 1982, tras cumplir 20 años de edad, estaba a un paso de ingresar a trabajar en la Policía de la Provincia como instructor de artes marciales. Pero una convocatoria cambió sus planes: “Me llamaron para defender la Patria en Malvinas”, expresó en diálogo con NOVA.

Junto a la Primera Sección de la Compañía B del Regimiento Nº 7 arribó el archipiélago. El lugar designado para su grupo fue el Monte Longdon, una elevación geográfica de 186 metros, situada en el este de la isla Soledad. Entre las grandes rocas, el pasto amarillo y la nieve, cada grupo de soldados buscaba la mejor ubicación. Allí estuvieron 2 largos meses, hasta que el 11 de junio llegó el enemigo.

“Nos enfrentamos al Batallón de Paracaidistas III. Eran muchos más, nos multiplicaban en cantidad. Cada un soldado nuestro, habían 4 ingleses”, detalló. A pesar de la desventaja numérica y de armamento, resistieron durante toda la gélida y lluviosa noche.

Luego de perder algunas posiciones, lograron reagruparse con compañeros de otras compañías. “Allí, el Sargento 1º Ron nos pidió colaboración para ocupar un lugar estratégico. Fuimos junto a Fernández Rito. Pero una bomba nos alcanzó”, expresó Altieri. El Sargento murió al instante, su compañero quedó malherido de ambas piernas y el joven del sur del conurbano salió despedido por la onda expansiva: una esquirla le perforó el casco. En la fría noche patagónica comenzó a sentir como el calor de su sangre le invadía todos los rincones de su cara.

“No podía levantarme. Después de más o menos media hora, pudieron ir a buscarnos unos compañeros”, recuerda Altieri. Uno de los testigos del hecho fue Vicente Bruno, ex combatiente entrevistado por NOVA días atrás: “Vimos como perdía masa encefálica y el ojo lo tenía hacia afuera, se lo metimos como pudimos y lo vendamos. Luego volvimos a ponerle el casco para que le sostenga el vendaje”.

Mientras bajaban a ambos heridos por una huella, un camión de la Cruz Roja circulaba por el lugar. Un milagro inexplicable. Altieri y Fernández Rito fueron trasladados hasta el Hospital del pueblo. En este trajín, el casco se perdió. No se sabe si quedó en la calle, en el camión o en el mismo centro médico.

En estado de gravedad, Altieri estuvo hasta el 14 de junio en las Islas: ese día, partió en el último Hércules que despegó hacia el continente. Una vez en Comodoro Rivadavia, le realizaron una operación neurológica en el Hospital Regional: “Perdí tejido de la parte izquierda de mi cerebro que contiene los circuitos de conducción del brazo, la pierna y el habla. También perdí mi ojo izquierdo y ahora tengo una prótesis”, explicó. Sin dudas, el casco le salvó la vida.

“33 años después, un muchacho me llama por teléfono. Era un veterano del regimiento de la Tablada. Me informó que mi casco estaba en remate por internet. Me empieza a dar datos pero yo no le quiero hacer que es imposible que sea el mío”, advirtió. Altieri estaba totalmente seguro de que no era hasta que le enviaron una imagen: dentro del casco, escrito con lapicera decía con su inconfundible letra “Altieri Beto”.

Allí comenzó la odisea para repatriarlo. Era una subasta en Ebay, una plataforma de comercio electrónico de productos a través de Internet. El vendedor puso una base de 400 libras. Altieri venía primeriando la subasta hasta que faltando un minuto para finalizar el remate, entró en escena un británico con 800 libras y se lo llevó.

Una vez más, el casco parecía que jamás regresaría a manos del héroe de Malvinas. 4 años más tarde, una señora le pide permiso a Altieri para publicar la historia en el portal Infobae. Es en ese mismo momento en que el casco vuelve a aparecer en escena, otra vez en una subasta: “Esta vez era mucho más difícil. El inglés pedía 10500 libras. Mucho más de lo que lo había comprado. 13 mil dólares, más de medio millón de pesos”.

Altieri siguió el remate de cerca. Media hora antes de que finalice la subasta, el inglés sacó la publicación. Por la noche, un anónimo se comunica por teléfono que el casco iba a estar en la embajada argentina en Inglaterra y en poco tiempo en territorio nacional: “Pensé que era una joda, de las tantas que se hacen. Pero a los pocos días me llamaron de Infobae. Allí fui con mi hijo y en la redacción del diario me reencontré con el casco que me salvó la vida, que me cuidó como si fuese mi madre”, expresó.

“Ahora el casco está en mi casa, conmigo. Para el 2 de abril me voy a Jujuy, voy a un acto. Me lo llevo. Después lo voy a llevar por distintos lugares del país. Por último, lo donaré para un museo, para que quede en exhibición”, concluyó.

El casco de “A.Shaw”

Al finalizar la guerra, el 14 de junio de 1982, los comandantes británicos hicieron una reunión con los oficiales ingenieros argentinos para pedir que entregaran los informes de los campos minados.

Diego Arreseigor, junto a otros 30 oficiales, quedó prisionero durante un mes en las islas. "Nos hicieron trabajar levantando las minas de los campos hasta que hubo tres accidentes: dos ingleses y un argentino perdieron las piernas. A partir de ahí nos dijeron de alambrar los sectores y marcar las zonas de peligro", explicó el militar.

Recuerda con exactitud el día que encontró el casco. Una mañana, mientras recogía las minas en la Isla Soledad, encontró un puesto inglés de asistencia a los heridos donde había diferentes equipos diseminados. Allí, abandonado entre las rocas y la turba, halló el casco manchado de sangre. "Con mis 23 años lo tomé y lo escondí en mi campera. Estaba tan flaco que nadie lo notó", rememoró.

La sangre del soldado británico es una mancha oscura y perenne en el casco de guerra. Un nombre, en grandes letras de imprenta, está escrito con tinta azul en su interior: A.Shaw. "Durante 37 años lo guardé como un botín de guerra. Cada tanto lo sacaba y lo mostraba, para que otros vean que dentro del dolor de la derrota no había sido tan fácil para los ingleses: 'Acá está la muestra, hicimos algo, nos derrotaron pero les costó'", dijo el soldado que pasó el conflicto bélico en Monte Longdon y Wireless Ridge.

Pero un día Arreseigor abrió ese cajón donde guardaba el casco, leyó como tantas veces el nombre del soldado inglés escrito en las correas interiores, y por primera vez en años sintió la necesidad de saber quién era Shaw.

Lo buscó en internet. La foto de un joven que sonreía apoyado en la baranda de un barco, el pelo revuelto por el viento, lo conmocionó. Esa sangre ahora tenía un rostro. Al poco tiempo descubrió que Alexander Shaw había muerto el último día de la guerra, víctima de la artillería de mortero argentina. Encontró, además, el relato de un compañero de los PARA 3 que contaba cómo había sido su instante final. "También decía que Shaw tenía 25 años y un hijo que se llamaba Craig, de solo tres años cuando él cayó en la guerra", expresó conmovido.

El casco, entonces, dejó de ser un trofeo de guerra. "Sentí que el destinatario era el hijo y empecé a buscarlo. Lo hice en forma particular, quería llegar persona a persona, pero no pude dar con la familia", recordó. Les pidió a varios amigos que viajaron a Londres que lo ayudaran. No tuvo suerte. Buscó a la familia en las guías telefónicas. El apellido Shaw era muy popular y no logró hallarla. "No quiero morirme teniendo este casco", se dijo.

Una tarde, frente al coronel Jorge Zanela -jefe del departamento de Veteranos de Guerra del Ejército- contó la historia. "Gracias a su gestión pude encontrar a la hermana de Shaw e inmediatamente me puse en contacto con ella. Entonces lo decidí: voy a viajar a Inglaterra en los primeros días de abril para devolverle el casco de Alexander. También quiero visitar el cementerio donde descansan los restos del soldado inglés y dejar una flor en su tumba", contó con emoción.

"Me conmovió mucho saber cómo había muerto Shaw, cuando faltaban solo unas horas para el cese el fuego, en el instante final de la guerra. Había ido a reparar un mortero y llegó al infierno de Longdon. Me conmovió también ver la emoción de Susan al enterarse de que existía una pertenencia de su hermano en la guerra… Sentí el deber moral, como militar y persona, de viajar para llevarle el casco", detalló el soldado ante una nota con Infobae.

"Es muy importante esto que hacés por mí", le dijo Susan atravesando los 12.000 kilómetros de distancia en solo segundos desde esa imagen que arroja el Skype. "También es importante para mí. Me sirve para cerrar una etapa muy dolorosa de mi vida", respondió Diego.

Un tercer casco en escena

Las noticias sobre los casco devueltos generó repercusión en los medios. Las historias llegaron a Matías Brucone, un joven de 21 años. Su tío compró un casco en un mercado de pulgas cuando él era chico. Ahora, él busca conocer la historia que ese objeto tiene por detrás. "Sentía que no me pertenecía, que estaba teniendo algo que no era mío, tiene nombre y apellido, quiero encontrarlo para devolverlo. Es lo que corresponde”, aseguró.

"No sé cómo ni por qué, pero en mi casa tengo hace muchos años un casco de un ex combatiente de Malvinas y lo quiero devolver. Agradecería si me ayudan a RT para que le llegue a su familia que es a quien realmente le pertenece. El casco tiene escrito Cruz Alfredo Raúl", publicó días atrás en Twitter un muchacho estudiante de abogacía. En solo un día, el tuit fue replicado cientos de veces y obtuvo respuestas de distintas partes del país para ayudarlo en la búsqueda.

Matías vive en Lanús, trabaja en un sanatorio, está iniciando un emprendimiento de trabajo con un amigo y estudia abogacía. "Me impactó mucho la historia que escuché hace unos días del casco que estaba en una subasta en el Reino Unido y volvió a su dueño en Argentina. Ahí me acordé que tenía esto en casa que trajo mi tío cuando yo tenía 5 o 6 años y quedó guardado en mi casa", contó el joven.

El casco que está en la casa de Brucone se encuentra golpeado y bastante deteriorado y tiene dentro una inscripción grabada a mano que dice "S/C 62 Cruz, Alfredo Raúl", que podría indicar que perteneció a un soldado clase 1962; es decir que su dueño tenía 20 años durante la guerra de Malvinas.

“Recuerdo que cuando lo trajo mi tío, que lo compró en una feria de cosas usadas, me impresionó mucho. Lo tenía guardado en el lavadero de mi casa, sin ningún tipo de uso. Siento que no me pertenece y que lo tengo que devolver. Tal vez le pueda dar una alegría importante a alguien, a pocos días del 2 de abril", reconoció el joven sobre el próximo aniversario del comienzo de la guerra.

El joven estudiante de abogacía informó que, a pesar de que mucha gente se contactó con él desde que publicó el tuit, aún no pudo dar con el dueño. "Me dicen que capaz no era de un ex combatiente sino de un movilizado, de los que estuvieron desde el continente", indicó.

Lectores: 1536

Envianos tu comentario