Sexo y erotismo
Prejuicios y tabúes

La sagrada prostitución

  • Tanto en la Grecia como en la Roma Clásicas, la prostitución masculina y la femenina estaban ampliamente difundidas.
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  • Tanto en la Grecia como en la Roma Clásicas, la prostitución masculina y la femenina estaban ampliamente difundidas.
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Por Alberto Lettieri (*), especial para NOVA

Es un lugar común afirmar que la prostitución es el más antiguo de los oficios y tal vez con ello no se esté faltando a la verdad. Sin embargo, la prostitución en los tiempos antiguos tenía sus propias características, y si bien era aceptada socialmente, su ejercicio generalmente entrañaba alguna forma de restricción de derechos para quienes la ejercían.

Antes de la irrupción de las religiones monoteístas, que la caratularon como “pecado” y le impusieron estrictas sanciones –que en algunos casos llegaban a la tortura o la aplicación de dolorosas formas de ejecución-, la prostitución gozaba de gran aceptación social. En muchas sociedades se consideraba como una actividad económica sometida a impuestos y en otras hasta una forma de manifestar la fe y el compromiso religioso.

Si nos remontamos a las sociedades griegas y romanas antes de la adopción del cristianismo advertimos que la prostitución, tanto femenina como masculina, era muy popular. En Atenas, por ejemplo, se cobraba un impuesto por su ejercicio; es decir, estaba sometida a regulación estatal.

Si bien los prejuicios y los tabúes nos llevan a asociar a la prostitución con una práctica femenina, me veré en la obligación de contradecir al lector. En efecto, tanto en la Grecia como en la Roma Clásicas, la prostitución masculina estaba ampliamente difundida. Y aunque la mayoría de los clientes eran también hombres, no faltaban las damas que recurrían a los servicios sexuales de prostitutos.

Sin embargo, en el caso ateniense -y a pesar de que la regulación estatal significaba ingresos impositivos para la administración pública-, el hombre que prestaba servicios sexuales por dinero debía resignar buena parte de sus derechos políticos, ya que se le imponían grandes restricciones para el desarrollo de su vida pública dentro de la Polis. No podía ser Magistrado, ni tomar la palabra en la Asamblea. De este modo –tal como sería una constante en los siglos posteriores- la prostitución masculina fue convirtiéndose en una actividad desempeñada por extranjeros o esclavos, a quienes tales derechos, de todos modos, les estaban vedados.

Tampoco los romanos escapaban al generoso ejercicio de la sexualidad característico de las sociedades antiguas. En aquellos tiempos, la impotencia, la disfunción sexual o la castración eran consideradas como castigos divinos, de los peores que alguien podría llegar a sufrir. Los romanos construían estatuas del dios Priapo con su pene erecto, que colocaban en huertos y zonas de cultivo para espantar a los posibles ladrones e intrusos. Era vox populi por entonces que Priapo era inflexible al momento de castigar a los delincuentes con severos castigos sexuales, sin hacer diferencias entre mujeres y hombres, niños, adultos o ancianos.

Yendo todavía más atrás en la historia, en la antigua Babilonia estaba establecido que las mujeres debían realizar al menos un servicio sagrado de prostitución en honor a la diosa Mylitta. Para cumplimentarlo, acudían a su templo, que era el lugar de negociación con sus eventuales clientes. Se juzgaba adecuado que las niñas resignaran su virginidad prestando un servicio sagrado de prostitución, cuyo producto –habitualmente una moneda de oro- debía depositarse después en las arcas de los sacerdotes.

El padre de la historiografía occidental, Herodoto de Alicarnaso (S. IV ac), destacaba que en Babilonia las mujeres “están continuamente entrando y saliendo de este templo. Cuando una mujer llega aquí y se sienta, puede que no regrese a casa hasta que uno de los visitantes haya lanzado cierta cantidad de plata sobre su regazo y mantenido relaciones con ella fuera del santuario.”

Las ganancias obtenidas del ejercicio de la sagrada prostitución eran ofrecidas como tributo a la diosa Mylitta. Al respecto, existe abundancia de testimonios históricos bastante irónicos que destacan que, mientras que las mujeres más hermosas conseguían demostrar rápidamente su fe, para las menos atractivas a menudo la espera se dilataba durante largos años.

Las ofrendas de actos sexuales a los dioses se remontan aún mucho más atrás, en los inicios mismos de la civilización. Muchas de estas prácticas se relacionaban con la fertilidad o el mero goce sexual, y registran antecedentes en los tiempos prehistóricos. La figura de la Venus de Willendorf, por ejemplo, ha sido fechada entre el 30.000 y el 25.000 a. C. Además de la ya mencionada Militta, se rendían cultos sexuales a Anukis, Inanna, Ishtar, Astarté, Atargatis, Isis, Afrodita, Venus, se veneraron en una amplia geografía que atravesaba la Mesopotamia Asiática, Egipto, Babilonia, Canaan, Siria, Grecia y Roma.

Las religiones monoteístas, en cambio, en su intento de normativizar y reducir la natalidad, impusieron normas muy rigurosas para desterrar el ejercicio de la prostitución, negándole cualquier clase de componente sagrado. Jehová la condenó duramente y ordenó su eliminación. Y lo mismo sucedió con el cristianismo en sus diversas vertientes.

Sin embargo, los resultados fueron relativos, ya que si bien consiguieron erradicar la prostitución sagrada practicada en los templos a la vista pública, no consiguieron suprimirla en las sociedades. A partir de entonces, la prostitución se ejerció en condiciones muy desfavorables, tanto en lo referido a la higiene como a la libertad de sus prestadores, bajo marcos legales que la asociaron con la delincuencia y la clandestinidad, que terminaron por favorecer la proliferación de explotadores y de redes de trata.

(*) Historiador

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