A lo largo de la historia, los perfumes han estado dotados de un halo misterioso. Su tremendo poder evocador y sus efectos demoledores en las emociones lo han convertido en un enigmático objeto de deseo. Su olor puede pasar tan inadvertido a nuestro olfato que a veces no somos conscientes de su huella.
En otras ocasiones, su impronta es tan evidente y poderosa que puede provocar rechazo o alterar nuestro comportamiento. Si las fragancias del clásico Chanel número 5 o Eau de Rochas continúan gustando hoy en día, es probable que las modernas esencias como Baby Doll, de Yves Saint Laurent o Xcentric, de Dunhill, puedan seguir embriagando a muchas jóvenes y adolescentes dentro de veinte o treinta años.
El cóctel de aromas de flores, pomelo y grosella, acentuado con canela, durazno y suaves toques de cedro, derriten a las fieles consumidoras de Baby Doll. La combinación de esencias es tan compleja que para captar toda esa gama sería necesario tener el privilegiado olfato que disfrutan los denominados “narices”, un exiguo puñado de profesionales capaces de distinguir miles de olores y de combinarlos entre sí para destilar las fantásticas fragancias que comercializan Christian Dior o Ralph Lauren.
¿Por qué atraen tanto algunos aromas? ¿Por qué afectan a los sentidos? Para conocer el secreto de su poderoso influjo tenemos que recurrir a los mecanismos fisiológicos del olfato, un proceso que comienza en la pituitaria y el bulbo olfativo. Una vez captados por la nariz, los olores recalan en el llamado sistema límbico, la parte más arcaica de nuestro cerebro, la que dirige nuestra vida afectiva y sexual.
Michael Stoddart, catedrático de Biología Olfativa de la Universidad de Tasmania y autor del libro “El mono perfumado”, asegura que las mejores esencias contienen componentes erógenos y aromas urinarios, fecales o animales que pueden llegar a disparar nuestra libido de forma inconsciente. “Por esta razón el almizcle natural, con su rasgo de producto urinario y amoniacal, es mucho más aceptado en un perfume que su variante sintética”, señala este investigador británico.
Los aromas dominantes de una fragancia noble, los que se detectan inmediatamente, se encuentran en las secreciones sexuales que despiden las flores para atraer a los insectos que favorecen la polinización. Entre los aromas de este grupo se encuentran los de neroli, lila, lirio y bergamota. Los olores medios, los que determinan el carácter del perfume, se obtienen de materiales resinosos que despiden los esteroides sexuales de muchas plantas. En este grupo se incluyen esencias de jazmín, lavanda, geranio y pachulí.
Algunos escritos antiguos develan que los egipcios eran expertos productores de perfumes. Se sabe que Cleopatra no fue una mujer especialmente bella, aunque supo suplir aquella carencia con su maestría en las artes de la seducción. Antes de su famoso encuentro con Marco Antonio, la reina egipcia invirtió varias horas haciéndose maquillar y perfumar por una legión de esclavas.
Las velas de su barco fueron impregnadas con agua de rosas y en la cubierta se colocó un gigantesco incensario que destilaba los aromas del más cotizado perfume de los egipcios, el Kyphi, que estaba compuesto por raíces de acorus y aceites de canela, menta, pistacho, enebro y acacia. Se dice que, ante tal despliegue de fragancias, Marco Antonio cayó rendido a sus pies.
La creación de un perfume es competencia de un puñado de diestros creadores en el arte de concentrar la mejor de las fragancias, mezclando decenas de ellas, hasta dar con la más adecuada. La mezcla exquisita es la madre del perfume.
(*) Licenciado en Ciencias de la Educación y escritor bonaerense |